jueves, 28 de abril de 2016

Microrrelatos

 


                                                                       I

Hago la posición del oso: de pie, los brazos extendidos hacia adelante, los dedos entrelazados, las palmas hacia afuera. Así la espina dorsal se curva naturalmente. Esta posición es mucho más fácil que la del loto: sentados, con las piernas dobladas y la espalda bien recta.
Yo vine aquí buscando la iluminación, un camino hacia una nueva vida, pero este lugar es demasiado oscuro para las prácticas, no se ve ni un pájaro ni una nube, parece una cueva. Me voy quedando quieto, tranquilo, adormilado. Sé que pronto llegará el invierno...
Me despiertan linternas que escudriñan por todas partes. Me encandilan, pero alcanzo a ver algo que parece una jaula y se mueve. Unas sombras me empujan y acicatean con largos palos que pinchan. Me levanto y camino como puedo. En un suspiro estoy adentro de la jaula, oigo un ruido metálico a mis espaldas. Estoy encerrado y aunque sacudo la jaula con fuerza no puedo salir. Varios hombres la empujan y la suben a un tren.


                                                                     II

Yo fui un buen hombre y cumplí con las obligaciones de los hombres por muchos años. Pero me sentía atrapado, soñaba con otra vida. Un día dejé todo: mi ciudad,  mi trabajo, mi esposa y mis hijos.
Me fui a vivir muy lejos, en un bosque solitario y dediqué todo el tiempo a mis prácticas. Comía frutas y hierbas y bebía agua del río.
La meditación redujo en gran medida mis necesidades. Podía pasar horas y horas en la posición del loto, mirando pasar las nubes. ¡Ah, qué maravilla! Pocos saben lo que es vaciar la mente de pensamientos e integrarse al cosmos, absorber el alma de un pájaro y volar con él o la de una ardilla escondida en el hueco de un árbol.
Sé que me dieron por muerto o desaparecido. Cuando me despertaron con linternas y palos punzantes, en la cueva donde dormía, yo ya era este enorme oso gris que soy. Ahora viajo enjaulado en el tren con varias fieras que llevan al zoológico de la ciudad, oí las conversaciones de los hombres.
Otra vez estoy atrapado. Quizás la vida aquí en la tierra no sea más que eso, lo acepto. Lo que no quiero ahora es dormirme, le tengo miedo a un sueño que he tenido otras veces y me hace suspirar y gruñir, yo estoy en la jaula del zoológico de la ciudad y del otro lado  de los barrotes me encuentro con la mirada asombrada de mis hijos.

                                         

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